La
formación del Terapeuta Floral,
por Eduardo H. Grecco
A.
Puntos de partida
I.
Lo que esta en juego en la formación del Terapeuta
Floral es su deseo de ser terapeuta. Las formas institucionales
que se creen para laborar en este fin deben poder garantizar que
esta formación se oriente hacia el camino de descubrir la
naturaleza de este deseo y no sólo a la trasmisión
de información.
En este sentido la formación del Terapeuta Floral no debe
tener que ver con la reproducción de un modelo que se delega
de generación en generación ni tampoco con la comunicación
de un saber establecido, sino con el recorrido de una experiencia
de proceso personal, en tanto, se llega a ser Terapeuta Floral luego
de haber pasado, como paciente, por un trabajo terapéutico
con esencias florales.
Este
es un punto esencial, ya que, la Terapia Floral no es mas que, secundariamente,
un arte prescriptivo. Primariamente, es una práctica mayéutica
que consiste en la búsqueda de la erradicación de
la ignorancia, el descubrimiento de las causas reales de la enfermedad
y el afloramiento de los afectos sofocados que moran en la sombra
(inconsciente) de cada persona.
En tal sentido el Terapeuta Floral solo podrá guiar al paciente,
hacia este objetivo de mayor conocimiento, en la medida que el se
conozca y podrá ayudar a avanzar al paciente hasta el lugar
que él alcanzó a llegar en su proceso personal de
develamiento de su zonas de desconocimiento.
Por
esto, el punto de partida y de llegada, de la formación del
Terapeuta Floral, es su propia experiencia como paciente floral.
Claro esta que esto no alcanza. Además, necesita desarrollar
una estructura de conocimientos que le permitan pensar los problemas
que la clínica le plantea, aprender las herramientas prescriptivas
necesarias para llevar a cabo su trabajo y generar un espacio de
reflexión e intercambio (supervisión) sobre su tarea
como terapeuta.
II.
Esta experiencia formativa debe estar alejada de todo dogmatismo.
El dogmatismo es una estructura institucional autoritaria destinada
a proteger la ignorancia. El dogma se considera una verdad que exige
ser reconocida sin discusión y los transmisores de esta verdad
conforman una muralla formidable que se interpone entre el sujeto
y la experiencia de búsqueda de lo que se ignora.
III.
También debe estar alejada de los personalismos
magisteriales, ya que, toda la enseñanza debería apuntar
a que los participantes de ella hagan transferencia con la Terapia
Floral y no con un maestro o con una idea. En suma, una formación
alejada de toda dependencia.
IV.
Esto es aplicable al hecho que los institutos de formación
de Terapeutas Florales no enseñen un saber predigerido, aún
cuando resuma los datos de la experiencia de la Terapia Floral.
O, en todo caso, que lo curricular no cierre las puertas al cuestionamiento,
a la reflexión, a la interrogación sobre esa experiencia
sostenida como válida.
V.
De manera que no se debe promoverse un currículum
de formación uniforme en todas las escuelas. Por el contrario,
podrían acordarse principios generales sobre la experiencia
de llegar a ser un terapeuta Floral y facilitar el que se desplieguen
las indagaciones por todos los caminos posibles a partir de contenidos
básicos y compartidos.
VI.
La Comisión de Formación y Certificación
Profesional es el espacio de reflexión permanente sobre el
tema de formación de Terapeutas Florales. En este sitio es
donde se explicitan las cuestiones que se vayan suscitando a lo
largo del trabajo formativo en el campo floral. Al mismo tiempo,
su tarea, es ser garante de la libertad de pensamiento, desalentando
todo intento de dogmatizar la enseñanza y formular propuestas
abiertas de cuestiones a ser consideradas para incorporar en la
formación de un Terapeuta Floral.
Esta
Comisión no es legisladora sino orientadora. El peso que
pueda alcanzar su opinar es el que instituye por su misma acción
y no por ningún poder legal o de control. De manera que,
la integración de esta Comisión, es por aptitudes
“magisteriales” y no por capacidades judiciales o administrativas.
Esta
Comisión es un foro donde deben participar los mejores talentos
humanos del Campo Floral, ya que, en ese lugar convergen la diversas
líneas de la red del campo floral y su presencia constituye
un reaseguro del mantenimiento de la práctica de la Terapia
Floral a partir de un deseo y vocación de servicio, basada
en los valores de libertad, unidad y amor.
VII.
Esto significa que la formación compartida, no en uniformidad
de información o conocimientos, sino en torno a los valores,
objetivos y problemas esenciales de la práctica floral, constituye
la garantía mas sólida de una fuerte ligazón
institucional en el campo floral.
Quienes garantizan este proceso (no dirigen, ni controlen) tienen
la responsabilidad de ser fieles a la promoción de los ejes
sobre los cuales la Terapia Floral se funda: sujeción a la
ley del aprendizaje (ley de la evolución), destierro de la
ignorancia, libertad de pensamiento, fidelidad de experiencia personal,
compromiso con el que sufre y padece....
VIII.
De manera que la propuesta de formación que se propicia
instituir no consiste tanto en el armado de planes de estudios y
lista de temas o unidades académicas (que igualmente se plantean)
como en la promoción de un sólido acuerdo en torno
de que se llega a ser Terapeuta Floral tomando flores en el marco
de un proceso de encuentro mayéutico de develamiento de la
sombra, de descubrimiento de las causas reales de nuestro enfermar
y de las lecciones que tenemos que aprender”. Es decir que,
para ser Terapeuta Floral, se necesita recorrer la experiencia de
ser paciente, siendo esta la primera y mas importante habilitación
profesional.
IX.
A partir de estas bases es como podemos comenzar a desplegar contextos
formativos teóricos, clínicos, técnicos y no
al revés. La idea, sostenida por muchos formadores, de la
necesidad de evaluar la formación recibida por los candidatos
a terapeutas florales es adecuada pero siempre sujetada al postulado
de que este pilar académico es sólo uno del terciario
formativo: terapia personal, formación académica y
supervisión.
X.
Frente a la pregunta ¿Qué estamos enseñando?
Se podría responder: a pensar floralmente. Esto implica la
trasmisión de herramientas mas que de información
establecida. Herramientas que forman parte de la filosofía,
la ciencia y de la clínica. Pero ¿Estamos enseñando,
realmente, a pensar floralmente? ¿Qué es pensar floralmente?
XI.
Antes de centrarnos en contenidos curriculares debemos
tratar de responder a estas preguntas, dar entre nosotros este debate,
aún a sabiendas que, tal vez, no lleguemos a ninguna parte.
Pero, teniendo claro hacia donde vamos es mas claro saber que caminos
concretos elegir.
XII.
Tanto como muchos de ustedes una parte significativa de
mi vida ha sido dedicada a enseñar la Terapia Floral. Tanto
como muchos de ustedes hoy tengo mas dudas que certezas acerca de
mi práctica y mi enseñanza. Tanto como muchos de ustedes
siento la necesidad de que el campo floral este unido. Unido y no
unificado en un solo y mismo sistema de pensamiento. La uniformidad
mata, la creación y la diversidad alienta la búsqueda.
Busquemos la unidad tras nuestras diferencias para respetar lo diferente
en la unidad. La “formación” y no las instituciones
asociativas son las que van a dar unidad al campo floral. ¿Seremos
capaces de dar respuesta a este desafío?