La
eficiacia de una ausencia,
por Eduardo H. Grecco
La clínica es una práctica de develamiento de la eficacia
de una ausencia. En el contexto de la Terapia Floral la ausencia
se trata de una emoción sofocada entre los repliegues de
la cual estamos atrapados. Privados de conciencia sobre ella repetimos
en acto aquello que somos incapaces de vivir como afecto.
Ausencia
de conciencia que obliga a la reiteración de los afectos
rechazados bajo la forma de síntomas. Ausencia de un recuerdo
que se dramatiza proyectado en nuestras relaciones. Ausencia de
saber sobre una historia que se rellena de fantasmas. Y es que,
tanto en el sueño, como en los vínculos, como en los
síntomas, siempre estrechamos fantasmas. Rellenamos de fantasmas
nuestra vida como una forma de negar la presencia de una ausencia.
El otro, que aparece tan real a los sentidos, tan denso a la percepción
en el relato de un paciente, es un tejido de imaginarios que en
la clínica intentamos disolver. Así, del mismo modo,
ocurre con todas las producciones (síntomas, sueños,
etc), ya que, la intención de nuestra práctica es
ayudar a la conciencia del paciente a que pueda verse viendo al
otro cercano a lo que realmente es. En suma, aniquilar todas las
propiedades que enmascaran, ocultan y disfrazan al ser verdadero,
liberar los apegos que atan al ayer y que no consienten en permitirle
evolucionar.
Freud llamaba a este proceso hacer conciente lo inconsciente y Bach,
por su parte, erradicar la ignorancia, en donde inconsciente e ignorancia
aluden a la falta de saber de la conciencia. Freud proponía
al terapeuta usar la herramienta de la interpretación para
develar las causas reales del enfermar, Bach las esencias florales,
concebidas como una interpretación en acto. Ambos compartían
la convicción de que el cuerpo habla simbólicamente
y que es en el marco de una relación donde el paciente puede
hallar su cura. Los dos pensaban que había que dejar atrás
el pasado: disolver la transferencia (Freud), desatar los apegos
(Bach).
Los
dos estaban convencidos de la necesidad de desbaratar los engaños
de el ego y ayudar a la persona a construirse como sujeto sujetado
a ley de la castración (Freud) y de la evolución (Bach).
Ley de la castración que no es otra cosa que el reconocimiento
de la existencia de una falta estructural (que el hombre no esta
completo), otro nombre posible del concepto de “falla”
o “defecto” al que Bach recurre para hablar de la incompletud
del Alma. Esta condición, para ambos preontológica
(es decir, anterior a fundación de la historia personal),
es la que genera que el deseo (Freud) movilice hacia la búsqueda
de conocimiento y que el empeño de aprender (Bach) conduzca
al Alma a realizarse.
De manera que para un psicoanalista debiera ser natural pensar floralmente
y para un practicante floral debería ser accesible pensar
psicoanaliticamente. Pero ¿Qué es pensar floralmente?
Parte de la respuesta a esta pregunta es: pensar floralmente consiste
en indagar hasta descubrir cual es la emoción en la cual
esta atorada una persona describir esta emoción como una
esencia floral y hacer evidentes los mecanismos de los cuales se
vale la personalidad para evitar enfrentar y dejar atrás
este atrapamiento.
El
espacio de configuración de la Terapia Floral
El
aporte de la Terapia Floral al campo de la investigación
terapéutica podría consistir, entonces, en el develamiento
(mas no en el descubrimiento) del espacio de presencia y acción
del tejido emocional y de una dinámica que se desenvuelve
en ese espacio, organizada en torno del proceso de evolución
y, en especial, de un particular momento no puntual, el aprendizaje
de una lección, que regla el sendero del desapego como esencia
del camino hacia la individuación.
Esto implica, el desarrollo de dos conceptos a la par, emoción
y evolución, entrelazados en el marco del antagonismo complementario
de Alma y Personalidad, Sujeto y Yo.
Esto
cuatro términos conforman una estructura. No se refieren
a ninguna experiencia subjetiva concreta sino a un orden preexistente
que posibilita el despliegue de una vida tal como se comprende desde
el espacio de configuración de la Terapia Floral.
1.
Polaridad esencial: Alma y Personalidad
Edward
Bach sitúa su reflexión sobre la curación partiendo
del reconocimiento de una doble estructura del hombre. Por una parte,
posee un Alma imperecedera, inmortal, trascendente, ansiosa de aprender
y al mismo tiempo incompleta y, por otra, una Personalidad que es
su ser mortal, perecedero, inmanente, pleno de anhelos de lograr
disfrute aún a costa del estancamiento del Alma. El Alma
tiene una condición preontológica mientras que la
personalidad se desenvuelve en el tiempo y se observa a si misma
desde esa situación de finitud. Mientras el Alma pulsa por
crecer, la personalidad se opone a sentir el dolor que el crecimiento
puede significar. Vive lo que vive como dolor porque esta identificada
a la ilusión de la mortalidad. Todo esto tiene una lógica:
la personalidad resulta el gran sistema de apegos que tenemos que
disolver. El Alma debe aniquilar la personalidad y esta no tienen
otra razón de ser que caminar hacia su fin luego de cumplir
con la propósito de ser la herramienta de la cual se vale
el Alma para realizar su aprendizaje. Su resistencia a esta labor
no es un desajuste sino que, por el contrario, forma parte del plan
de la evolución (“...aún las interferencias
forman parte del plan de la evolución” Bach).
Sostener
esta postura sobre el Alma es postular que mas allá de la
realidad de todo aquello que configura nuestra relación con
los otros y con el mundo impera otra dimensión primordial
que nos constituye, ya que, deshechos todos los apegos hay algo
que permanece: lo que no es apego.
Pero,
la cuestión esencial implícita en esta formulación
de Bach es que ante la pregunta ¿Sabe el Yo (la conciencia)
que hace al hacer? La respuesta es no. El Yo no es responsable de
los pasos de la evolución, solo es responsable de oponerse
a ella. La personalidad existe porque existe un Alma que necesita
de la encarnadura para realizar su labor, un Alma que esta siempre
mas allá de la posibilidad de captura de la conciencia. La
conciencia que ignora lo que el Alma desea. Un Alma que desea algo
diferente a lo que la conciencia quiere. De manera que, frente a
la evolución, como ley que regula el proceso del Alma, el
Sujeto que crece y aprende es otro que no es el Yo, alguien que
no existe como representación en la conciencia y que, a pesar
de ello toda la actividad de la persona busca reencontrarlo. Los
textos de Bach son claros al respecto y la semejanza con el psicoanálisis,
en este punto, también.
¿Cual
es la imagen que tenemos de la dinámica Alma-Personalidad?
Un Alma incompleta, un Alma que desea aprender, es un Alma que,
parafraseando a Lacan, no es del orden del ser o del no ser, sino
de lo no realizado. Una personalidad que se imagina completa y defiende
cualquier ataque a esta ilusión mediante la construcción
de un sistema de apegos y creencias que forman su identidad. Un
Alma que es el motor y el ingenio de la encarnadura, encarnadura
que se convierte en el pivote de la existencia, existencia que solo
es posible en relación, coexistencia que es la llave de la
evolución. Evolución que acontece en el Alma que vuelve
a reencarnar, una y otra vez, persiguiendo el objetivo de completarse.
Un Alma mas que existente, insistente; un Alma que plasma, bajo
la forma de personalidad, un vínculo de exploración
en esta tierra como escuela, sin que pueda hallar en ella un sitio
para permanecer, so pena de estancarse, ya que, para crecer debe
siempre aniquilar lo que crea como herramienta necesaria para aprender.
Un Alma exiliada en un territorio que la personalidad siente como
propio; una personalidad que siente la muerte como un exilio. De
manera que, lo que es ganancia en un lado es pérdida en el
otro y viceversa. Aporía esencial a la cual el Alma vuelve
a arrojarse en cada vida que elige vivir, porque esa es la naturaleza
del camino que debe caminar: estrellarse para volver a resurgir,
hacerse piel y huesos para dejar que se corrompan, tocar con la
infinitud la finitud, aprender en lo perecedero lo inmortal.
2
Evolución
El
Alma demanda completarse. No puede resistirse a ese deseo. Deseo
de aprender las lecciones que sanan sus heridas. Heridas que denuncian
sus carencias. Carencias que se cubren erradicando la ignorancia,
disminución de la distancia que nos separa de la verdad y
que nos libera de la esclavitud del desconocimiento. Liberación
que nos une, ya que, ser más es unirse más. En esto
consiste la evolución: aprender a unirse mas, experiencia
de Amor en libertad.
No hay nada en la evolución que no tenga sentido. Un sentido
verdadero que solo puede hallarse en el Alma, ya que los significados
que atribuye el Yo a la vida solo son ficciones, “maya”,
engaños de los cuales hay que desapegarse.
El
Yo desconoce realmente hacia donde el Alma va. El Yo no es buen
guía para este recorrido. Hay que permitirse pasar a la dirección
intuitiva de la vida (Cherry Plum) y dejar que la deriva del Alma
nos lleve a donde la evolución sabe que tiene que arribar.
El proceso evolutivo del Alma esta encerrado en la rueda del karma
que nos obliga a tener que aprender (tener que evolucionar). La
evolución es una búsqueda permanente, la presencia
constante de una fuerza poderosa que tantea, insistentemente. La
humanidad esta en proceso de evolución y el destino de la
evolución es la realización del hombre como especie,
la unidad en la multiplicidad, pero no como conjunto material sino
espiritual. De modo que la evolución es una experiencia y
el hombre debe aprender de la “experiencia de la evolución”.
En este dirección el gran pensador Jorge Llambías
dice lo siguiente:
“Una cosa es tener el concepto de la evolución, saber
que descendemos del mono o los delfines, que el Génesis es
una parábola cultural, con un mensaje no histórico
sino teológico-espiritual... Otra cosa es poder tener al
experiencia de la evolución y sentirnos embarcados en esa
corriente de energía poderosa, que ahora al final del siglo
XX, esta tan presente como hacer 100 mil años o 5 mil millones
de años. Este es el verdadero conocimiento de la evolución,
el que nos permite intuir las utopía por venir, y no nos
distrae con racionalizaciones estériles”.
Hemos mencionado que la evolución es tanteo. La humanidad
va probando todo para aprenderlo todo. Tanteo desde la conciencia
de los senderos concretos por los cuales transitamos, pero certeza
en el Alma en el objetivo final. Tanteo que solo se comprende, en
la plenitud de su acierto, más allá de la posibilidad
de conocimiento que brinda el lapso de una vida. De modo que hacia
donde va la evolución impone la aceptación de la confianza
en que ella sabe donde quiere ir, del mismo modo que la personalidad
tiene que efectuar la misma consideración respecto al Alma.
La evolución sabe, el Alma sabe y la historia y el Yo deben
reconocer las respectivas capacidades formadoras de estas estructuras.
Bach
concebía la evolución como experiencia en la cual
el Alma espera aprender una enseñanza, que debe hacer escuchar
a la personalidad. Personalidad que aprende a reconocer que:
a) todas las realizaciones humanas son frágiles.
No hay nada absoluto, todo puede ser superado, nada permanece para
siempre, en la tierra todo es perecedero, nada perdemos porque nada
poseemos;
b) no existe un único camino, excluyente
y perfecto, para el trabajo de la evolución. “No hay
errores o aciertos, solo experiencia” (E. Bach); cada quien
tiene que seguir su propio sendero y ser lo que esta destinado a
ser;
c)
el motivo de la evolución es hacer experiencia “No
tengamos temor a zambullirnos en al vida; estamos aquí para
hacer experiencia...” (E. Bach);
d) evolucionar es unirse mas y mas, tal como lo
expresara Pierre Teilhard de Chardin) y
e) todo lo que nos acontece tiene sentido (desde
el Alma), “Aún las interferencias forman parte del
proceso de evolución” (E. Bach)
f) la evolución es un proceso de búsqueda
irrefrenable, acontece mas allá de nuestra voluntad. Moramos
en la evolución, es la casa que habita el Alma.
En
el seno de este contexto que acabamos de enunciar, los remedios
florales serían herramientas para remover las trabas que
la personalidad coloca al Alma, las resistencias que levanta para
no sujetarse a los “dictados del Alma”. Resistencias
que se fundan en los apegos, apegos que se llaman, en la clínica,
emociones.
3.
Emoción
La
emoción es el resto, lo que queda como registro, de una experiencia.
Cuando estas experiencias no son descargadas totalmente permanecemos
fijados en ellas, nos atrapan entre sus redes y lo no vivido se
repite.
Por
ese camino las emociones representan la presencia del pasado en
nuestras vidas, reclaman, desde el ayer, terminar de manifestarse.
En suma, las emociones son los apegos que tenemos que desatar, los
nudos que hay que romper para poder aprender, lo aún “por-vivir”.
Las emociones, tanto en el proceso histórico personal, familiar
y de la especie, son el cincel que modelan los cristales con los
cuales miramos el mundo. Ellas sostienen nuestras creencias y sustentan
con su energía nuestros síntomas, vínculos
y sueños.
Su presencia tiene el sentido de provocar el inicio de la alquimia
transformadora, son los obstáculos que podemos convertir
en oportunidad, los problemas que nos permiten descubrir talentos,
la esclavitud que debemos romper para ser libres, la fuerza que
se opone a la evolución con el plan de que el Alma haga su
labor de crecimiento.
Son tanto un límite como una bendición. Sobre el límite
nos apoyamos aunque, también, nos atascamos. La bendición
señala como significante la dirección necesaria a
seguir para hacer de su empuje una fuerza expansiva. Dejar atrás
una emoción es estar mas cerca del Alma. Dejar atrás
una emoción es sanar apegos. Sanar una emoción es
ser mas libres.
Para
lograr sanar una emoción primero hay que convocarla, hay
que sentirla, ya que, no se la puede sanar nada en ausencia. Y sentirla
intensamente, porque, no se puede dejar atrás lo que no se
vive primero intensamente. Los remedios florales aquí son,
justamente, el instrumento, para sentir intensamente la presencia
de una emoción que por olvidada e ignorada nos enferma. Una
emoción que es una ausencia en la conciencia y que por esta
condición se ha vuelto eficaz para forjar mil maneras de
hacernos saber que existe aunque el Yo quiera jugar a ignorarla.
Cierre
En
la clínica la teoría toma cuerpo, naufraga, se astilla
o se consolida. Pero aún en todas sus variantes siempre hace
luz porque aún en los errores, y más en ellos, nos
permite avanzar en el conocimiento. La clínica nos permite
descubrir no tanto lo que se muestra si no mas lo que se oculta.
Lo que desde un lugar ausente se convierte en al causa real del
padecer. La teoría nos permite explicar la naturaleza de
los procesos de privación de presencia y de los retornos
disfrazados de aquello que falta a la conciencia. Que llamemos por
nombres distintos la carencia no tiene que hacernos perder de vista
que estamos discurriendo sobre un mismo terreno que conceptualizamos
de modos diferentes. Claro que las miradas distintas importan, pero
no para separar y distanciar las prácticas terapéuticas
entre si, sino para poder comprender que son saberes particulares
no el Saber.
El
Psicoanálisis nutre el pensar y la práctica terapéutica,
tanto como la Terapia Floral, y entre ambos campos existen vasos
comunicantes que nos trascienden. Si nos aislamos en la teoría
como fortalezas que defienden nuestras creencias no hacemos más
que estar solidificados en nuestros apegos que nos impiden evolucionar.
Y es ahí donde la clínica nos vuelve a encaminar por
el sendero adecuado: la experiencia. Las teorías pueden separarnos,
la experiencia nos acerca. Y la experiencia clínica, de comprometerse
con el dolor ajeno, nos nutre de la humildad suficiente para no
dejarnos tentar por las estériles lógicas de la perfección
del pensamiento para situarnos en el ámbito de lo que erradicando
la ignorancia cura: una relación. Por esto, en este evento
de Clínica y Psicoanálisis, me permito recordar que
el Psicoanálisis nace de una relación. Y que esto
es lo verdaderamente importante: una relación curativa en
donde la interpretación es tanto energía como un remedio
floral lo es y ambos instrumentos muestran la verdad de, lo que
Claude Levi-Strauss llamara, la eficacia de lo simbólico.